31 de octubre de 2010

Viento negro, luna blanca. Noche de Todos los Santos.

Así comienza un poema de Juan Ramón Jiménez, muy oportuno como canto (¿fúnebre?) para este primer aniversario de Lenguaurelio, medio Don Juan, medio convidado de piedra. Muchas gracias a todos los que habéis intervenido con vuestras lecturas y comentarios, tanto en España como en América, pues el ánima de Lenguaurelio desde hace algún tiempo resplandece también en Ultramar.

Viento negro, luna blanca.
Noche de Todos los Santos.
Frío. Las campanas todas
de la tierra están doblando.

El cielo, duro. Y su fondo
da un azul iluminado
de abajo, al romanticismo
de los secos campanarios.

Faroles, flores, coronas
-¡campanas que están doblando!-
...Viento largo, luna grande,
noche de Todos los Santos.

...Yo voy muerto, por la luz
agria de las calles; llamo
con todo el cuerpo a la vida;
quiero que me quieran; hablo
a todos los que me han hecho
mudo, y hablo sollozando,
roja de amor esta sangre
desdeñosa de mis labios.

¡Y quiero ser otro, y quiero
tener corazón, y brazos
infinitos, y sonrisas
inmensas, para los llantos
aquellos que dieron lágrimas
por mi culpa!

                              ...Pero ¿acaso
puede hablar de sus rosales
un corazón sepulcrado?
-¡Corazón, estás bien muerto!
¡Mañana es tu aniversario!-.

Sentimentalismo, frío.
La ciudad está doblando.
Luna blanca, viento negro.
Noche de Todos los Santos.


Juan Ramón Jiménez, como sabéis, se caracteriza por su hipersensibilidad; pero Lenguaurelio no, así que no creo que se ofenda por tan tétrica canción de cumpleaños.

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